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Cuento.

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Creatividad

Cuento

Fuente: www.valores.com.mx 

 

El sendero del aguador

Hilario, el joven peón de una hacienda, recorría todos los días exactamente el mismo camino del campo para sacar agua de un pozo y llevarla a la casa principal. Para ello se valía de dos grandes cubetas de madera, que colgaba de los extremos de una viga. Luego se colocaba la viga sobre su ancha espalda, en la parte superior de los hombros, y así las iba cargando.
Las dos cubetas eran muy semejantes: grandes y profundas, de madera gruesa y bien barnizada para impedir que se hinchara con la humedad. Él las había hecho con sus propias manos y sus herramientas de carpintería.
Sin embargo, había una diferencia importante entre ambas. Mientras la primera era perfecta y compacta, la segunda tenía una delgada fisura en la parte inferior que dejaba escapar el agua. De esta forma, cuando Hilario las llenaba y las traía de regreso a la casa una llegaba llena y otra a la mitad. El dueño de la hacienda y los peones lo advirtieron y le dijeron al aguador:
—¡Cuidado! Una cubeta está rajada y deja salir el agua. ¿Qué no te has dado cuenta?
—Sí, sí, ya lo he visto —dijo Hilario.
—¿Y no vas a repararla?
—No por ahora.
“Este muchacho sí que es tonto” pensaron y lo criticaban al ver que la misma situación se repetía una y otra vez.
Pasaron así varios meses y llegó la temporada en que todo el campo se seca, toma un color triste, cenizo y apagado. Hilario debía realizar ahora más viajes que nunca y los demás se reían de él.

Con el paso del tiempo se dieron cuenta de un detalle curioso. En el sendero del aguador comenzaron a brotar plantas. En cuestión de semanas éstas dieron flores grandes de vivo color amarillo y morado que destacaban como una colorida línea en el campo. ¿Cómo explicarlo si eran tiempos de sequía?
—¡Es un milagro! —decían unos.
—¡Es magia! —exclamaban otros.
Con curiosidad se acercaron a verlas y preguntaron a Hilario si él conocía la razón. Él se resistió un poco a revelar su secreto pero finalmente lo convencieron.
—Ustedes saben lo triste que es ver el campo sin colores brillantes en estos días. Así que hace unos meses decidí plantar unas semillas a lo largo del camino que recorro a diario —aclaró.
—Pero si no ha llovido ¿cómo pudieron crecer? —preguntaron sus compañeros.
—Todos se han reído de mí porque una de las cubetas que cargo deja escurrir el agua, y les parece raro que no la arregle ¿verdad?
—Sí… —respondieron a coro.
—La he dejado así a propósito porque todos los días, al ir bajando, con el agua que cae se riegan las semillas y por eso hoy tenemos flores tan hermosas. Cada uno de ustedes podrá llevar unas cuantas a su casa y ponerlas en la mesa donde comen. Basta la imaginación para conseguir milagros y basta el ingenio para convertir una cubeta rota en un objeto mágico.

—Tradición oral

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